miércoles, 1 de julio de 2015

Apuntes sobre la novela social española

Hacia 1928 la editorial madrileña Historia Nueva inicia la publicación de una nueva colección narrativa bajo el epígrafe de " La Novela Social ", donde van a publicarse obras del peruano César Falcón (integrante del grupo Amauta), Joaquín Díaz Fernández (autor de El blocao, novela de Marruecos), Joaquín Arderíus y Julián Zugazagoitia. Por los mismos años, en el catálogo de la Editorial Cenit (Madrid) figuraban ya traducidas novelas soviéticas tan representativas como El cemento, de Fedor Gladkov  v o El don apacible, de Mijail Solojov. Se habían publicado ya varias novelas de Gorki y algunos relatos significativos de la nueva literatura rusa. Basta repasar los números de la Revista de Occidente para hallar los nombres de Ehremburg (1926), Ivanov (1926), Zotchenko (1932). Son los ecos del " realismo" que en 1934 se definiría como " socialista ", a los que hay que añadir la aparición en diversas Editoriales españolas de los nombres de los nuevos narradores norteamericanos (como Faulkner), de los latinoamericanos (como César Vallejo, quien publica en España tras su visita a Moscú en 1928, Tungsteno, en 1931, inaugurando una serie en la Editorial Cenit titulada " La novela proletaria " ), Mariano Azuela y La luciérnaga (publicada por Espasa-Calpe en 1932), etc. Joaquín Díaz Fernández en el prólogo a la segunda edición de Los principes iguales de Joaquín Arderíus señal a que en su novela "su musa , ardiente y amarga, feroz o tierna, no es otra que la vida misma ".  Se enfrenta en este breve y muy representativo prólogo el autor de El blocao con los escritores acusados de " esnobistas" o de "corruptores ".

Octubre rojo en Asturias        RioTajo-Arconada

Díaz Fernández ataca su " estilo literario, que se convierte en química literaria, exacerbación de las metáforas científicas, cultivo del cultista Góngora (hasta el punto de que legiones de líricos se dedican a seguirlo como una falsilla), indiferencia por toda actividad espiritual que no sea la artística '! He aquí un ataque dirigido contra los poetas que de manera equívoca la crítica viene denominando " generación del 27", aquellos que como Lorca, Alberti, Bergamín, Guillén, Diego, Aleixandre, Cernuda, etc. participaban en la conmemoración del Centenario gongorino en 1927. Pero en el seno mismo de esta generación poética la evolución renovadora era muy rápida. Se pasaba entre 1929 y 1934 desde el lenguaje surrealista (Alberti, Larca o Prados) al lenguaje de intencionalidad crítico-social. En el ámbito de la novela, tras la inflexión que supuso la experiencia de la vanguardia, el realismo de la novela joven (Sender o Díaz Fernández o Carranque de Ríos) venía a situarse en la prolongación de la tradición realista crítica que vemos arrancar de la novela del siglo XIX, en el grupo de novelistas designados con superficialidad por la crítica como eróticos o galantes. Los novelistas jóvenes adscritos al realismo social, quienes se apartan de los cenaculos orteguianos preponderantes en la época, son quienes viven el fin de la dictadura de Primo de Rivera y quienes contemplan con esperanza el advenimiento de la República. El proceso revolucionario español está en marcha y sólo se verá bruscamente cortado por la guerra civil. Se ha dicho con frecuencia , y con razón , que los escritores de la generación de los años veinte son principalmente poetas. La eclosión lírica en España no tiene paralelo en otras épocas inmediatas y hay que remontarse al Siglo de Oro para hallar una lírica de tanta calidad. Tan sólo los nombres de Ciges Aparicio -especialmente en Los caimanes (1931)- , César M. Arconada, con La turbina (1930) y Ramón Sender, con diversas novelas, merecen citarse en la novela. Aparece tímidamente el mundo del trabajo, pero fundamentalmente, la novela realista social sigue siendo en gran medida - y el mejor ejemplo es Sender- una elaboración de experiencias personales.
        El campo andaluz
Gonzalo Sobejano afirma en la que es, posiblemente, la mejor historia de la novela española contemporánea algo que siguiendo el esquema que venimos exponiendo no resulta cierto: " que antes de 1936 los novelistas de España, con raras excepciones, cultivaban un tipo de novela marcadamente subjetiva y dado a la abstracción".
 Tal afirmación sólo resulta parcialmente aceptable. En cambio, pese a su excesivo esquematismo, podemos inicialmente aceptar que la novela española de la postguerra se prolonga en dos direcciones: novela existencial y novela social, entendida esta última como la que refleja " el vivir de la colectividad en estados y conflictos que revelan la presencia de una crisis y la urgencia de una solución" .
 La estética de la novela realista y social española ha resultado siempre crítica , puesto que de dar cuenta de una realidad incómoda se trata. El novelista de la postguerra ignora, en buenaparte, aquellas corrientes anteriores que sólo cuajaron en la evolución narrativa en escasa medida

 Las obras de Arturo Barea (La forja de un rebelde), Ramón J. Sender (El verdugo afable), Max Aub (sólo conocido en la preguerra como autor teatral), Francisco Ayala, Segundo Serrano Poncela, etc. , se desarrollan en el exilio. La novela del interior, silenciada por las dificultades de todo orden que atraviesa el país, comienza a dar señales de vida en la corriente realista con Nada (1945), de Carmen Laforet (relato existencial y autobiográfico que contemplado ya a distancia posee escasa entidad en sí mismo ) o La familia de Pascual Duarte (1942), de Camilo José Cela (mezcla de valores realistas y costumbristas , con rasgos tremendistas y esperpénticos). No es nuestra intención aquí plantear el desarrollo de la novela que se desarrolla a ambos lados del Atlántico sin prácticamente contacto hasta la década de los sesenta. Sin embargo, conviene considerar brevemente las dificultades por las que atraviesa el género. Hoy conocemos, por ejemplo, las que impuso la censura franquista incluso a los novelistas surgidos en su propio campo, como a Rafael García Serrano, en La fiel infantería(1943) o a Javier Mariño, de Gonzalo Torrente Bellester, publicada en el mismo año. La lucha por la novela será también, por consiguiente, la lucha contra la censura y estará condicionada por las facilidades o dificultades que imponen en cada momento las circunstancias históricas.
    

 A partir de 1950 un grupo de jóvenes novelistas pretende ofrecer un testimonio objetivo del mundo circundante. Cela publica La colmena en 1951, pero se ve obligado a editarla en la Argentina. Con considerable retraso llegan las influencias de la novela norteamericana -difundida en España también a través de traducciones argentinas-, la nueva novela italiana mal agrupada bajo el epígrafe de "neorealista " y solo en 1958, coincidiendo con una mayor liberalización del régimen, Jesús López Pacheco publica Central eléctrica; en 1950, Antonio Ferres, La piqueta (1959) y Juan García Hortelano, Nuevas amistades (1959) y La mina (1960), de Armando López Salinas. Fiestas, de Juan Goytisolo (1958), y Las afueras, de Luis Goytisolo (1958). El grupo vino auspiciado por dos editoriales de signo bien diverso: Seix-Barral (capitaneada por el escritor Carlos Barral) y Destino (editora que tiene en su haber el haberse propiciado un premio que reúne algunos de los mejores novelistas del momento, el " Nadal"). A los nombres citados habría que sumar otros varios; pero la novela pasaba con ellos a convertirse no sólo en un testimonio crítico del entorno , sino que adquiría actitudes naturalmente sociales. La novela tenía como misión - al margen de sus virtudes más o menos literarias- el servir como instrumento político antifranquista y aparecía ligada a concepciones netamente marxistas, ya que buena parte de tales novelistas militaban o estaban en las proximidades del Partido Comunista Español.
Pero el realismo social no se planteara con rigor hasta Alfonso Sastre y su anatomia del realismo.