martes, 16 de noviembre de 2010

Leninismo o maoismo del peruano Jose Sotomayor


INTRODUCCION
Las contradicciones surgidas en el seno del Movimiento Comunista Internacional después de la muerte de Stalin, fueron agudizándose gradualmente hasta adquirir carácter antagónico al inicio de la década del 60. El carácter de principio de las cuestiones discutidas, no permitieron a ningún Partido Comunista ponerse al margen de la polémica.
En febrero de 1963, después de un mes de «veraneo» en la Colonia Penal del Sepa, me encontraba por tercera vez en la tétrica isla del Frontón junto con otros dirigentes de izquierda, muchos de ellos militantes del PCP, traídos de los distintos departamentos del país. Fue en esas circunstancias que las noticias del exterior,
publicadas por los diarios, hicieron conocer el punto crítico a que habían llegado las divergencias chino-soviéticas. A partir de entonces la sorda lucha interna del PCP se tornó virulenta. En el XVIII Pleno del C. C., realizado 8 meses después, se definieron las posiciones: la mitad de este organismo se identificó con los puntos de vista del PCUS y la otra mitad con los del PCCh.
El sectarismo, la intransigencia y la fobia anti China de quienes hicieron suyas las posiciones defendidas por Moscú, me llevaron al convencimiento de que era necesario viajar a Pekín para cambiar ideas con los dirigentes chinos en torno a la conveniencia de romper con el sector jruschovista del PCP e impulsar el surgimiento de un Partido hermano del PCCh.
Las gestiones realizadas para conversar con los líderes del PCCh dieron resultados rápidos y satisfactorios. A mediados del mes de noviembre del mismo año de 1963 se me comunicó que Pekín me esperaba. No había tiempo que perder. A los pocos días levanté vuelo hacia la RPCh, con la decisión de no volver sin antes haber llegado a un cabal entendimiento con mis anfitriones. Tenía la seguridad de que de ese entendimiento dependía en gran medida el futuro del movimiento revolucionario en el país. El tiempo se encargaría de desbaratar tan apresurada e
infundada convicción.
RUMBO A PEKIN
Cuando en 1959 visité la RPCh por primera vez, no tuve oportunidad de conocer ni escuchar a Mao Tze Dong. Sólo pude verlo de lejos, presenciando el gran desfile realizado en Pekín, con motivo de la celebración del 109 aniversario de la Revolución China. Desde la tribuna presidencial saludaba, con la mano derecha en alto, a una gran multitud congregada en la plaza Tien An Men.
La mañana del 14 de noviembre de 1963, ya en pleno vuelo con destino a Pekín, rememoré los 5 meses que durante el segundo semestre de 1959 residí en China.
Confieso que fui embargado por una fuerte emoción al pensar que pronto me encontraría nuevamente allí. Esta vez sí conversaré con el Presidente Mao, repetía una y otra vez, en monólogo silencioso. Para mí él era el continuador indiscutible de Marx, Engels, Lenin y Stalin, y no podía ni debía perder la oportunidad de verlo de cerca, abrazarlo y escuchar sus sabios consejos. Atrás quedaban las frenéticas luchas intestinas del PCP; lejos los enfrentamientos furiosos y las agrias recriminaciones. Adelante vislumbraba una luminosa perspectiva: el surgimiento de un partido proletario de nuevo tipo en el Perú, entroncado a un movimiento
comunista marxista leninista, continuador de las heroicas tradiciones de la Internacional
Comunista. Desde lo más profundo de mi conciencia surgió la decisión inquebrantable de contribuir con mi propia vida a la realización de tan grande tarea histórica.
Junto a mí, el rubicundo y regordete galeno que me acompañaba no dejaba de fumar. Estoy seguro que desde entonces urdía planes fraccionales y hacía el recuento de quienes podían acompañarlo en sus aventuras conspirativas. Típico ventajista, no le importaban los problemas que en esos momentos se discutían en el seno del Movimiento Comunista Internacional; su única aspiración era conseguir «relaciones».